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Bendōhō, El Modelo de práctica de la Vía



Hay una colección de textos recogidos en el Eihei Shingi, no incluidos en el Shōbōgenzō, y que fueron escritos por Dōgen para organizar la vida en el templo que fundó, Eihei-ji. Uno de estos textos es el Bendōhō, El Modelo de práctica de la Vía, indicaciones sobre actividades varias en el templo, algunas sobre cómo proceder con las ceremonias en el dojo, otras cuando los monjes se sientan juntos, o en el dormitorio, o sobre cuándo deben de ser los días de descanso (hōsan). Otras indicaciones son sobre acciones más personales; lavarse los dientes, la cara, plegar tu colcha después de dormir, doblar el kesa…


Es decir, en la vida en comunidad hay acciones en comunidad, y hay acciones de las que debes hacerte cargo tú, y solo tú, y nadie va a hacerlas en tu lugar, ni tú vas a hacer las acciones de los demás. Pero ambos tipos de acciones, las que hacemos juntos, y las más íntimas, conciernen a todos, forman parte del conjunto de la vida del templo.


Hay dos cosas que me han llamado la atención; la primera, “no hacer ruido”. Esto lo repite Dōgen cada vez que da alguna indicación sobre las acciones personales, o sobre cómo moverse por el templo, que es un lugar común (el espacio personal parece que se reduce a un armarito y el tatami sobre el que duerme el monje). El motivo por el que recomienda hacer las cosas sin hacer ruido es simple; para no molestar a los demás. Hacer sin dar la nota, sin hacerse notar. No es necesario que todo el mundo sepa lo que estás haciendo, solo concentrarte en hacer lo que tienes que hacer. Los demás están concentrados en hacer lo que tienen que hacer, y las acciones de unos y otros no hacen ruido.


Hacer las cosas en silencio, discretamente, obliga a mantener la atención; intenta dejar un vaso encima de la mesa sin hacer ruido, y observa tu estado cuerpo y mente en esa acción. La acción y la mente se unifican.


Entonces, en este no hacer ruido, hay una toma de conciencia de tus propias acciones, y hay una toma de conciencia de los efectos de tus acciones sobre los demás ¿Cómo puedo hacer de manera que la vida de los que me rodean sea mejor, más tranquila, más sosegada? Hacer sin hacer ruido es como tomar refugio en el Buda, es una forma de hacer que toma en cuenta. Esta es una dimensión del Zen, la de tener en cuenta a los demás, que es propia de una verdadera religión.


La segunda cosa que me llamó la atención es una expresión en la que Dōgen aclara algo muy importante; hay una sala en el templo que se llama shuryō, sala de estudios, una sala en la que se descansa, se lee o se toma el té, una especia de sala chill out. El responsable de esta sala puede ofrecer incienso en el altar de esa habitación bien con el kesa en los brazos, bien vistiendo el kesa, “según las instrucciones que dé el abad del templo, o según la costumbre particular del templo” (p.74).


Es decir, Dōgen, al organizar su templo, no pretende crear una liturgia que todos los demás templos deben de imitar, si no que está abierto a que en cada templo el abad tenga otras costumbres distintas a las suyas. Dōgen organizó su templo en función de lo que el creyó conveniente, siguiendo a grandes líneas las normas de los templos chinos, que ya tenían sus propias reglas de conducta (una de estas reglas monásticas, por ejemplo, la instauró Hyakujo), pero no creó una liturgia rígida en los detalles, o dogmática. Deja un margen a las costumbres locales y al criterio de cada responsable.


La guenmai (engrudo de arroz que se toma en el dojo por las mañanas) en Japón está hecha solo de arroz integral, pero cuando Deshimaru vino a Europa, y fue recibido por unos amigos macrobióticos, incorporó algunas verduras en la guenmai, creando así una nueva variedad de guenmai europea. Se desvió de la tradición japonesa, pero no traicionó el espíritu sencillo de la comida del templo Zen, destinada a mantener la práctica de zazen y samu.


El Zen no consiste en replicar mecánicamente. Sobre una misma base, zazen, kyosaku, kinhin, hannya shingyo… se crean variedades locales en función de las necesidades locales, para mantener y preservar lo esencial. Hay dojos en un templo, hay dojos en una ciudad, hay grupos de zazen con locales permanentes, hay otros grupos de zazen que montan y desmontan el dojo cada vez que se reúnen. Hay que crear de nuevo, según la situación, para preservar lo esencial sin caer en lo mecánico. Esa fue la conclusión que saqué de esa salvedad que hace Dōgen sobre las costumbres de otros templos y otros abades.


Bárbara Kosen, nuestra maestra, hace de vez en cuando alguna pequeña variación en la ceremonia de después de zazen para obligarnos a mantener la atención fresca, no fijarnos a algo que “ya sabemos hacer” y hacerlo mecánicamente.


Estos dos principios, hacer en silencio, y no convertir la práctica en una rutina mecánica, me parecen principios muy interesantes porque mantienen una práctica viva. Repetir a diario acciones precisas, teniendo en cuenta sus efectos en los otros, y a la vez no caer en la robótica del gesto sin presencia.


Esta semana leeré si tengo tiempo y ganas otro texto de esta colección, Eihei Shingi, un texto sobre cómo tomar la comida (Fushukuhanpō).

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