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Covid19, perspectiva de un monje Zen




Escribir en estos momentos sobre el covid19 puede parecer “oportunista”; todo el mundo está desorientado, muy expuesto a la información online que no para de fluir, y lo que nos sobran ahora son palabras. Pero me parece pertinente expresar mi visión de los tiempos convulsos que nos tocan vivir.


Covid19, ya lo sabéis, es un virus muy contagioso, letal para algunas personas, y para el que no disponemos de vacuna. Su origen, aunque aún desconocido, es muy probable, por su estructura, que sea animal. Y su expansión, como el fuego en un pajar, ha pasado de un sistema respiratorio humano a otro por todo el mundo.


Las medidas sanitarias que se han tomado, las conocéis de sobra, han sido fundamentalmente el confinamiento, la higiene de manos y la distancia social, a la espera de que la ciencia dé con una vacuna, para lo que se estima que se tardará más de un año. Aunque esto es solo una estimación.


Las consecuencia laborales, económicas y sociales de estas medidas también son conocidas por todos, muchas personas en ERTE, cobrando un porcentaje de sus sueldos de un fondo social. Seguramente nos aguarda una depresión económica larga, nuevos ajustes en el mercado laboral, o sea en el empelo y los sueldos, y seguramente también reacciones políticas que van a profundizar la distancia y la desconfianza entre la gente.


Estos días me acompaña la lectura del Maestro Eihei Dōgen, que parece que habla siempre desde un lugar intemporal, y que sus palabras en el Shōbōgenzō fuesen eternas, como la voz de Buda. Os invito a releer tranquilamente un capítulo del Shōbōgenzō que se titula Genjokoan, el Universo realizado, el universo tal y como es.

En el Genjokoan Dōgen emplea una imagen preciosa, que toma de un poema del Maestro Wanshi que se titula Zazenshin. Es una imagen sobre la relación del pez y el océano, y la relación del pájaro y el cielo. Básicamente, Dōgen nos recuerda que ni el pájaro puede salirse del vasto cielo, ni el pez, por mucho que nade, puede salirse del océano. Simplemente, el cielo es el cosmos del pájaro, y el océano es el cosmos del pez. Ellos han encontrado ahí su lugar, sin pensar, naturalmente, automáticamente, inconscientemente. Si su necesidad es grande, hacen un uso amplio de su cosmos, y si su necesidad es pequeña, hacen un uso pequeño de su cosmos.


Esta imagen me hace pensar dos cosas; la primera, la interdependencia mutua de todas las existencias. Y esto es algo que podríamos aprender de covid19. Primero, el hecho de que una infección vírica que se inicia en la otra punta del planeta haya llegado a todos los lugares de la Tierra a través de un contacto “persona a persona”. Es evidente que somos una inmensa red de relaciones, que no estamos en absoluto separados unos de otros. Las acciones de una persona afectan a las demás siguiendo esa red kármica de relaciones. El virus no viaja solo, viaja en nosotros. Y covid19 nos enseña de una manera clara esa interconexión que hay entre todos los seres humanos, y entre nosotros y el resto de los seres vivos. Deberíamos despertar a este hecho.


Por otro lado, si yo puedo quedarme en casa es porque alguien trabaja para que haya comida en el súper, y luz y wifi en mi casa… Y sanitarios en los hospitales, y cajeros en las tiendas, y conductores en los autobuses ¿No lo veis? ¿No veis que la idea de un ego aislado y autónomo es una ilusión de dimensiones gigantescas y consecuencias devastadoras?


Covid19 ha hecho evidente el hecho de la interdependencia mutua, de la ilusión y el engaño radical que supone la actitud de “sálvese quien pueda”. Las medidas sanitarias no han sido para protegerte a ti, si no a la comunidad, son medidas poblacionales frente a una pandemia. Tu ego, mi ego, ahora mismo, son insignificantes y ridículos. O nos salvamos juntos, o nos perdemos todos. En esto consiste el primer voto del bodhisattva. Los votos del bodhisattva son ahora mismo la acción más radical y más responsable que podemos hacer. Es gyatei, todos juntos, o no es en absoluto. El Zen es una vía universal, nuestro zazen no puede quedarse en una meditación egoísta, tiene que ser un empuje global, igual que covid19. Y esto nos lleva a la segunda cuestión.


La segunda cosa que podemos aprender de la imagen del pájaro en el cielo y el pez en el mar, al hilo de la situación “pandémica” y confinada en la que nos encontramos, es la siguiente: Debemos de aprender a ocupar nuestro lugar en el cosmos. En esto consiste el Zen, en encontrar nuestro lugar en el cosmos, y para esto nos sentamos juntos en zazen. Cuando Dōgen llegó de vuelta de China al Japón escribió dos textos para explicarle a sus contemporáneos qué era zazen. El primer texto fue el Fukanzazengi, el segundo, el Bendōwa. En el Bendōwa, el discurso sobre la búsqueda de la verdad, Dōgen responde a una serie de cuestiones para explicar zazen. Una de estas cuestiones es “qué méritos tiene practicar zazen”. A lo que Dōgen responde resumidamente lo siguiente:


Cuando te sientas en la postura del Buda, la postura del despertar, junto contigo despiertan todas las existencias, tu zazen influye en los océanos, los árboles, los muros y las tejas. Aunque una sola persona se sentase un solo instante, el despertar de Buda se estaría actualizando en ese instante. La luz de Shakiamuni Buda bajo el árbol de la bodhi volvería a brillar.


Entonces ¿cuál es nuestro sitio en el cosmos? Este texto de Dōgen no ha tenido nunca tanto sentido como en estos días de confinamiento, al menos para mí. Cuando me siento en zazen, junto con todas las personas que también se sientan hoy en zazen, tengo la confianza de que estamos ocupando nuestro lugar en el cosmos, igual que el pájaro ocupa su lugar en el cielo y el pez en el agua.


Si, zazen influye en el cosmos. Esto no quiere decir que sentarse en zazen sea una especia de rito mágico que va a frenar la pandemia. No voy por ahí. Nuestra postura sentada actualiza la sentada de Buda hace dos mil quinientos años. Mantenemos viva la transmisión del Dharma, mantenemos viva la enseñanza de todos los patriarcas y budas del pasado y mantenemos encendida la lámpara de la transmisión para los budas del futuro. Esa es nuestra posición en el cosmos. Por eso, ahora mismo, es muy importante que muchas personas se sienten inmóviles y en silencio, actualizando el despertar de Buda.


“Cuando encontramos este lugar, esta acción es inevitablemente realizar el universo (genjo koan)”, nos dice el eterno Dōgen. Nuestro lugar es el de despertar al cosmos con nuestra sentada. Mantenemos la luz del samādhi de zazen en medio de un mundo confuso y asustado. Y eso no es algo banal, esa es mi fe.


Occidente ha banalizado el Zen, como tantas otras cosas, reduciéndolo a una estética minimalista, o un “estilo de vida”, aderezado con un poquito de meditación… Pero eso no es el Universo realizado. El Universo se realiza cuando encontramos nuestro sitio en él, sentados en zazen, íntimos con cada acción aquí y ahora cuando hacemos las cosas diarias que tenemos que hacer, y también cuando le damos los buenos días con una sonrisa a una persona desconocida en la cola del super.


Ojalá que covid19 suponga, en otro orden de cosas, un gran satori para la humanidad. Este es mi deseo de bodhisattva, ilusorio, sin duda… Pero no es un mal deseo. Formamos una gran comunidad, somos responsables de la forma en la que nos relacionamos con el planeta, de la forma en la que nos relacionamos entre nosotros, dependemos unos de otros mucho más de lo que imaginamos. Los ricos en Estados Unidos quieren limitar el confinamiento para que sus trabajadores no dejen de producir, ni los consumidores dejen de consumir, lo que haría caer sus ganancias. Se han dado cuenta de que los necesitan para seguir siendo ricos. Utilicemos esta situación tan difícil para profundizar en ese estado de conciencia. No necesitamos tener tantas cosas, las personas importan más que el dinero, no podemos arrasar los recursos naturales como si fuesen un objeto para la satisfacción de nuestros caprichos… Quizás covid19 sea la oportunidad para un gran satori. A día de hoy, esta es mi ilusión.


“Así, podemos entender que el agua y el cielo son la vida, los pájaros y los peces son la vida, y también puede ser que la vida sean los pájaros y los peces…”, dice el buda eterno Dōgen.


Por lo demás, los conductores conducen, los sanitarios cuidan la salud, los cajeros y reponedores nos facilitan la compra, y los hijos y las hijas de Shakya nos sentamos en silencio, ocupando nuestro lugar, confinados en este maravilloso cosmos que habitamos todos juntos y del que no podemos salir, al igual que el pez no puede abandonar el agua. Sentarse en zazen es volver a encontrar nuestra condición normal, la del pez en el agua, la del dragón que penetra el océano, la del tigre que entra en la montaña. Lo raro no es que algunas personas se sienten todos los días en zazen. Lo raro es que tantas personas no se sienten todos los días en zazen.


Unas palabras de agradecimiento al Maestro Deshimaru, que atravesó al mundo para enseñar la postura de Buda a estos insensatos egoístas que habitan el primer mundo.

Unas palabras de agradecimiento a su discípula eterna, la Maestra Bárbara Kosen. Si esta buda viva no se hubiese cruzado en mi camino, mi vida seguiría siendo la de un ciego perdido en la niebla en mitad de la noche. Un abrazo muy fuerte a la sangha, el refugio de Buda, a la que echo de menos desde mi confinamiento, y a la que me alegra ver a través de mi pequeño dispositivo electrónico a las horas de zazenencasa… Gracias a los taikos por su intuición con este asunto. Hasta la próxima sesshin. Y a las personas con las que practico en el dojo de Gijón, Paula, un pilar en el dojo, responsable del zazen de las mañanas, que se preocupa de que las flores estén siempre frescas, Enrique, José Eduardo, Paco, Germán, Marylo, Mercedes, Esmeralda, Iván, Freddy… Pronto estaremos tocando madera en el nuevo dojo…


Y un recuerdo muy emotivo para las personas mayores que se han visto atrapadas en las residencias geriátricas, sobre todo en la comunidad de Madrid, en un confinamiento fatal. Es la generación que sobrevivió a la Guerra Civil española, que reconstruyeron un país devastado, y a los que hemos dejado morir solos en una habitación sin una mano que estrechar… Como monje budista hago sampai ante su memoria y me arrepiento profundamente, lo siento, no hemos estado a la altura. Otra lección dolorosa que nos deja covid19. No hay comunidad posible sin compasión, y no hay reparación posible sin justicia. Para entender esto no hace falta practicar el Zen.


Os dejo con unas palabras del Maestro fundador de nuestra escuela, Eihei Dōgen, al que venero profundamente, en el mismo texto, el Genjokoan:


“Este camino y este lugar no son ni grande ni pequeño, no son ni subjetivo ni objetivo, ni han existido desde el pasado ni han aparecido en el presente, y de este modo es que están presentes… No supongas que vas a ser consciente de haber alcanzado algo y que vas a comprenderlo con el intelecto… El despertar (genjō) es el estado de la ambigüedad misma…”


Gassho

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