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  • sokai dojo zen

Inmóviles y en silencio



Desde mediados de agosto hemos retomado zazen en el dojo en este tiempo que suponemos que es nuevo, y que desde luego es distinto.


Todos tenemos la impresión de estar viviendo un momento especial,

diferente, como un punto crítico, un punto de no retorno en la Historia.

A esta sensación los historiadores la llaman “presentismo”, es la idea que

han tenido siempre los seres humanos a lo largo de la Historia de que sus

circunstancias eran especiales, completamente distintas, a veces un fin de la historia, o un cambio de época… Desde los faraones se lleva pensando así.


Imaginaos la sensación que tendría la gente durante las grandes guerras del

siglo XX, o durante la Peste Negra en la Edad Media… En la época en la que vivió el maestro Dogen, el siglo XIII, la viruela era una enfermedad endémica que mataba a miles de adultos en Japón. Supongo que también tendrían miedo cuando alguien tenía fiebre.


Las condiciones de vida de la gente siempre han cambiado, siempre nos

hemos sentido así… y siempre ha habido dificultades, que a la gente de esa

época le han parecido especiales.


En la época del Buda Sakiamuni la religión que había surgido de la literatura Védica, el brahmanismo, estaba en crisis, era una época de cambio social, y empezaron a aparecer muchas sectas y muchos maestros ascetas. El Buda fue uno de ellos. Así que su época también fue un final de época, el final de la cultura de las tribus arias en la India.


Quizás no seamos tan especiales como creemos, quizás no seamos el ombligo del Universo, y solo estemos repitiendo algo cíclico, el eterno retorno del que hablaba Nietzche, con la diferencia de que ahora el mundo es mucho más global, está mucho más conectado, y todo va más rápido, para bien y para mal, creando una especie de aceleración del tiempo.


El otro día alguien me preguntaba ¿Cómo tomarse todo esto desde el Zen?

¿Cuál es la propuesta del Zen?

Nuestra práctica de la Vía del Buda consiste en entregarse a zazen, a la meditación sentada. Organizamos nuestras vidas para poder practicar

diariamente zazen en el dojo. Se podría decir sin miedo a exagerar que hacemos de zazen el eje de nuestras vidas. Para nosotros es un recorrido íntimo de transformación interior, de cambio interior, a través de la repetición de una postura inmóvil. Así tomamos refugio en la postura de Buda sentado. Esta postura se ha practicado así desde los tiempos del Buda, seis siglos antes de nuestra era. Los antiguos practicantes se sentaron así cuando hubo hambrunas, epidemias, o guerras… cuando todo se movía a su alrededor, se sentaban inmóviles, como seguimos haciendo ahora los discípulos del Zen.


La Vía del Buda busca una verdad que no depende del movimiento de las circunstancias. Esa es la definición de la serenidad, de la ecuanimidad del Nirvana. Es la quietud de una postura que repetimos una y otra vez, cuando

llueve y cuando hace sol. Cuando las nubes envuelven la montaña cubriendo su cima, la montaña está ahí. Cuando el viento arrastra las nubes y el cielo vuelve a estar azul, la montaña está ahí.


Antes teníamos el dojo en una calle en la que había muchos bares, cerca de

la playa. Entonces, cuando nos sentábamos en verano por la tarde, oíamos a la gente en las terrazas de los bares divirtiéndose y gritando ebrios, y

nosotros nos sentábamos inmóviles.

Ahora la gente no está tan contenta como en esos años atrás, tienen miedo,

están asustados, o están hartos, y se aislan, o buscan cercanía en un contacto virtual. Nosotros seguimos sentándonos en la misma postura que antes, cuando la gente estaba contenta. Y quizás un día todos estemos vacunados contra este virus, y la gente vuelva a estar contenta y agitada, ebria en las terrazas de los bares… Y, si seguimos con vida, nosotros

seguiremos sentándonos en la misma postura inmóvil en la que nos sentamos hoy. Esto no nos hace mejores, ni somos personas especiales, es zazen, se trata de zazen, no de nosotros.


Por eso zazen es esa Vía que se vuelve independiente del movimiento que hay alrededor. El agua del río se mueve arrastrando las ramas secas, pero nunca arrastra el reflejo de la luna. El reflejo de la luna es la mente quieta de zazen, que no se deja impresionar demasiado por las circunstancias. Esa mente de zazen que reposa en la postura de la montaña inmóvil es el refugio de los discípulos del Zen.


Quiero animar de todo corazón a aquellos que practican el Zen a permanecer inmóviles en su práctica de la postura de la gran montaña azul.

El buey blanco nunca abandona el campo ilimitado de la vacuidad.


Y quiero animar a las personas que buscan sinceramente un camino de

transformación interior a que prueben la Vía del Buda sentado.


Zazen es difícil, pero te da una dirección hacia la que encaminar tu vida, te disciplina en la inmovilidad y el silencio.


La inmovilidad y el silencio a día de hoy son un verdadero tesoro, un patrimonio de la Humanidad que debemos proteger.


La foto de cabecera es del monje Sodo Yokoyama, que permaneció inmóvil y en silencio en medio de su tiempo, tampoco fácil,ñ.

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